La Siguiente historia que les contare es real, se trata de las ultimas fotografias que le fueron tomadas a una joven de apenas 11 años de edad. Su nombre era Maisie Deacon.
23 De octubre de 1991.
Una mañana aparentemente normal para isabel, la hermana mayor de maise. Ellas siempre fueron muy unidas e isabel la conocía más que nadie como era su hermanita de ocurrente y creativa.
Esa misma mañana Maisie se encontraban afuera de la casa haciendo lo que pareciera luchar con alguien que la estaba tomando contra su voluntad, forcejeando como si se tratara de una broma.
Isabel al verla decidió que seria divertido tomarle una foto con aquella antigua, complicada y pesada cámara. Cuando isabel tomó la foto no se encontraba nadie más en aquel lugar que su hermana y ella.
Pero al momento de tomar la foto fue noqueada por lo que al parecer sintió como una ráfaga de viento muy fuerte. Cuando se despertó se dio cuenta de que su hermana ya no estaba en ninguna parte.
Isabel asustada se dio cuenta que en aquella horrible situación nada andaba bien, ya que al despertarse se encontró con un cráneo humano.
Como era de suponerse se dio aviso a las autoridades sobre la desaparición de Maisie Deacon de 11 años. Las ultimas fotos de ella revelaban a una misteriosa figura oscura que sujetaba a la pobre niña contra su voluntad con un brazo y que sostenía en la otra mano un cráneo aparentemente humano y muy probablemente el que fue encontrado.
Al realizarse los estudios de la arcada dentaria surgió un mórbido resultado. Aquel cráneo humano pertenecía a nada mas ni menos a Maisie.
La figura oscura y encapuchada jamás fue identificada.
Creepypastas
lunes, 28 de julio de 2014
viernes, 11 de octubre de 2013
Errores
Haz cometido muchos de ellos.
Pero siempre te las has arreglado para escapar de las consecuencias, hasta ahora. ¿Conoces ese destello por el rabillo del ojo, ya sabes, ese movimiento en la visión periférica fuera del alcance de la vista? Y luego, cuando volteas a ver, no hay nada ahí. Ésa ha sido una de las ocasiones en que has cometido un error.
¿Esa sensación escalofriante de que estás siendo observado, de que cerca hay algo oscuro y siniestro que puede verte? Es una advertencia, decenas de miles de años de instinto que corren por tu cuerpo te dicen que estás a punto de cometer un error.
¿Y ese inexplicable golpe, aquel corte fresco que no recuerdas haberte hecho, esas veces que despiertas sudando, gritando y respirando como si acabaras de correr un maratón y no sabes por qué? Ésas son las veces en las que casi te atrapan.
¿Qué son? Bueno, es difícil de explicar, imagina tratar de explicarle a un ciego el color rojo. No se puede explicar realmente, tienes que experimentarlo por ti mismo. Y no querrás experimentar eso. Te puedo decir que para ellos eres sólo una cosa: comida. Y pueden mantenerte vivo durante un buen rato mientras comen.
Probablemente has escuchado al menos un sonido inexplicable mientras lees esto. Tal vez no sea nada; pero a veces, es uno de ellos tratando de abrirse paso, de encontrarte. Pero no lo harán, no, a menos que cometas un error. Y cuando lo cometes es como agitar un pedazo de carne frente a una manada de lobos hambrientos. A veces ellos no reaccionan lo suficientemente rápido, a veces sí. Han habido tantas desapariciones sin resolver en cada siglo, que es difícil saber cuántas de esas personas fueron víctimas de su propia especie y cuántas simplemente cometieron demasiados errores.
Verás, cuando la gente está más preocupada por cometer errores es cuando más tienden a estropearlo todo. ¿Y cuáles son esos errores que se pueden cometer? Si te lo dijera, te asegurarías de no cometerlos más, y eso sería una verdadera lástima.
Retratro abstracto
Hay un méndigo que vive en nuestra vecindad, en Queens. Él antes pedía dinero, pero un día empezó a pintar. Fue a un centro de reciclaje y tomó latas de pintura viejas. La mayoría de las latas todavía contenían pintura en ellas. Dios sabrá en dónde consiguió la brocha. Pero empezó a pintar en cualquier cosa que pudiera encontrar —tablas, papel, lo que sea que tuviera una superficie plana—. Y también era muy bueno. Hizo paisajes, pinturas de los lugares de la vecindad, perros, algunas cosas fantásticas y geniales… este tipo era el maldito Miguel Ángel de los méndigos. Las vendía por 50 centavos o un dólar. Luego usaba el dinero para comprar alcohol y beber hasta quedar en coma. Ya sabes, el típico artista.
Pero entonces empezó a ofrecer retratos. A nadie le gustaban, no sabía por qué. Le comenté a una vecina sobre eso, quien tenía un retrato hecho por él, y me dijo que la perturbó y que no se parecía en nada a ella. Le pregunté si podía verlo; era hermoso. «Es increíblemente realista», le dije… ella respondió dándome una cachetada muy fuerte y diciéndome que me fuera de su casa. Luego dejó de hablar conmigo.
Sin embargo, estaba tan impresionado que le pregunté al susodicho artista si podía hacer uno de mí. Dijo que serían unos dos dólares; le pagué y me dijo que estaría terminado para el día siguiente. Entonces pasé a su puesto habitual el día acordado, ansioso por verlo, pero no estaba allí. Me puse furioso por un momento, pensé que me había estafado, hasta que noté que al lado del edificio estaba mi retrato, tapado con mi nombre y una nota pegada en él. La nota decía, simplemente, «Buena suerte».
Destapé la pintura y estaba horrorizado. Me veía distorsionado, en formas que me hacían doler los ojos. Estaba claramente muriendo en el retrato, si no era que estaba muerto. Insectos y cuervos se alimentaban de mí.
No me había fijado en mi vecino que estaba detrás de mí, hasta que dijo, «Hey, se ve bien. Me gustaría tener uno también».
Lo dijo de forma casual y siguió caminando. Se veía distorsionado y extraño. Caminaba con una cara sin forma. Cuervos e insectos colgaban de él, se alimentaban de él. Miré hacia atrás. Todos y todo se parecían a como estaba retratado yo en la pintura. Ahora todo lo que veo hace que me duelan los ojos. Todo es horrible y feo. Y todos me dicen lo lindo que es mi retrato. Sin importar lo que haga, no puedo convencerlos de que no deben hacerse uno.
La inexpresiva
En junio de 1972, una mujer apareció en el hospital Cedar Senai vestida solamente con una bata blanca cubierta de sangre. Esto por sí solo no era nada extraño, pues la gente solía tener accidentes cerca y venía al hospital más cercano para recibir asistencia médica. Pero había una cosa que hacía que las personas que veían a esta mujer huyeran aterrorizadas: ella no era precisamente humana. Se parecía a algo así como un maniquí, pero tenía la destreza y la fluidez de un ser humano normal. Su rostro era tan impecable como el de un maniquí, desprovisto de cejas y lleno de maquillaje.
Desde el momento en que entró al hospital hasta que fue llevada a un cuarto para proceder con la sedación, permaneció completamente tranquila, inexpresiva e inmóvil. Los doctores habían decidido sujetarla hasta que las autoridades llegaran y ella no protestó. No pudieron sacarle ningún tipo de respuesta, y la mayor parte de los empleados se sentían bastante incómodos al mirarla por más de unos segundos.
Pero al momento en que el personal trató de sedarla, opuso resistencia con una fuerza extrema. Dos empleados la sujetaban mientras se levantaba de la cama inexpresiva. Luego giró sus ojos impasibles hacia el doctor e hizo algo inusual. Sonrió. En cuanto lo hizo, la enfermera gritó y la soltó por la impresión; ya que en la boca de la mujer no habían dientes humanos, sino unos más largos y afilados. Muy largos como para que su boca no se pudiera cerrar sin causarle alguna herida…
El doctor la miró fijamente por un momento, antes de preguntarle, «¿Qué mierda es usted?».
Ella recostó su cabeza sobre su hombre para observarlo, aún sonriendo. Hubo un largo silencio, el personal de seguridad ya había sido alertado y se le podía escuchar corriendo por el pasillo.
En tanto él se volvió hacia el sonido de las pisadas, ella se le abalanzó, hundiendo sus dientes en la parte anterior del cuello del doctor, arrancando su yugular y dejándolo caer al piso. Luego se inclinó hacia él, mientras jadeaba y se ahogaba en su propia sangre, y le susurró al oído:
—Yo… soy… Dios.
Los ojos del doctor se llenaron de terror mientras la miraba voltearse tranquilamente y caminar hacia los guardias. Lo último que vio fue cómo se daba un festín con ellos, uno por uno.
El doctor que sobrevivió al incidente la nombró «La Inexpresiva».
Nadie nunca la volvió a ver.
El caleidoscopio
Mientras estábamos de luna de miel en Maine, mi esposa y yo hicimos una parada en el pintoresco pueblo de Boothbay, en un día particularmente gris y lluvioso. Puesto que el picnic que habíamos planeado no era más una alternativa, nos refugiamos en una pequeña tienda de antigüedades próxima al muelle.
En tanto mi esposa ojeaba los grandes cofres y juegos de mesa cerca de la entrada, yo examinaba entusiasmado las herramientas antiguas y el equipo marítimo dentro de las vitrinas en la parte trasera. Al ser un coleccionista de lentes e instrumentos marinos, ansiaba encontrar un sextante, o quizá un viejo telescopio forrado con cuero.
Me detuve en una pieza interesante. Parecía ser una linterna de bronce que denotaba una pátina café, pero que era muy moderna en cuanto a su diseño. Le pregunté al dueño de la tienda por ella, pero sólo me pudo decir que la encontró en el mismo cofre antiguo que traía varias brújulas y el sextante que también se exhibía. Inquirió sobre si deseaba comprárselo a cinco dólares, o llevarlo a ningún costo.
—A mí no me sirve de nada, nadie lo quiere.
Cuando le cuestioné acerca del precio, él suspiró con cansancio, y luego se acercó a la vitrina para sacarlo.
—Tenga, compruébelo usted mismo.
La artesanía era impresionante, bastante duradera y aparentemente hecha a mano, quizá en algún lugar de Europa. Unas marcas de escritura desgastadas indicaban que podría ser de origen alemán, o tal vez austríaco. Giré el lente y una débil luz roja salió despedida. Al apuntarla en una esquina oscura del local, tomó la forma de múltiples movimientos en espiral, que chocaban y se entrelazaban como una manada de anguilas. Mientras continuaba utilizando ese inusual caleidoscopio-proyector, mi imaginativa mente inventaba rostros macabros con rulos sinuosos. Al desactivar el aparato, me volví emocionado hacia el dueño de la tienda.
—¡Fantástico! —le dije—. ¡Debe de tener algún tipo de filtro para el aceite enfrente de los lentes! Tengo dos caleidoscopios victorianos, pero ninguno de ellos alumbra como éste.
—No lo entiende, ¿vedad? Nadie lo hace. Todos regresan para devolverlo luego de un tiempo —El dueño de la tienda se apoyó en la vitrina, y pude notar que estaba respirando agitadamente—. Todos piensan que es una especie de truco… hasta que empiezan a ver a través de él con las luces apagadas.
»Ésa no fue una proyección, amigo. Ese… maldito aparato, esa luz… no está fabricando a las criaturas que vio. Simplemente le está permitiendo a sus ojos ver lo que siempre ha estado ahí.
La tundra
Los nativos de estos lugares dicen que hay una tundra justo al norte de aquí, la cual es habitada por espíritus benevolentes. Estos espíritus conceden una Revelación a todo aquel que los visita por la noche, una vez que el sol ha desaparecido por completo y dejado al mundo en oscuridad.
Conduje hasta la enorme envergadura de hielo y esperé, con la intención de echar un vistazo a lo que fuera que esta gente veneraba. Ellos envían a sus hijos a la tundra en la víspera de su quinceavo cumpleaños, envueltos en pieles de animales para impedir que se congelen, para solicitar una audiencia con estos espíritus. Una vez que ésta ha finalizado, los niños corren a casa para compartir la experiencia con sus padres. A partir de ese momento son considerados adultos por todos en el pueblo. Parejas comprometidas también visitan la tundra antes de su boda; los invitados se quedan en vela toda la noche hasta su retorno, ya que al regresar la pareja decidirá si continuarán con su matrimonio o lo abandonarán. Los más ancianos visitan la tundra cuando se encuentran muy enfermos, y frecuentemente empeoran su condición por pasar toda la noche allí; sin embargo, cuando regresan la mayoría de las veces lo hacen con un aire de serenidad.
Así que esperé, curioso por descubrir qué clase de fenómeno podría inspirar a las personas tan poderosamente. Esperé por horas, abrigado con mi parka y sentado en el capó de mi camioneta. Esperé hasta que sentí que moriría congelado.
Pude escuchar al espíritu antes de que pudiera verlo. Un crujido en la nieve me hizo voltear. Un hombre encorvado con la piel grisácea estaba parado a sólo unos metros de mí, me miraba con unos ojos tristes, amarillentos, parte un cráneo del cual apenas brotaban unos cuantos cabellos grasosos. Respiraba pesadamente, y uno de sus brazos lucía como si hubiese sido destrozado y dejado sin tratar, provocando que sanara incorrectamente. Trozos de carne mal cicatrizada cubrían sus débiles piernas. El hombre me miró quizá por unos diez segundos, antes de desaparecer de un momento a otro.
Volteé hacia todos lados, buscándolo, pero se había ido. Al acercarme hacia donde había estado, encontré un par de huellas ensangrentadas en la nieve. Lleno de temor, me subí a mi camioneta y me dirigí al pueblo tan rápido como el hielo me lo permitió. Algunos pueblerinos me estaban esperando cuando llegué, pues se habían enterado de que salí hacia la tundra y estaban curiosos de lo que podría pasar. Salí rápidamente de mi camioneta y corrí al pueblerino más cercano, exclamando:
—¡¿Qué tienen de benevolente esos espíritus?! ¿Qué es tan inspirador acerca de ellos? ¿Cómo es que los ayudan?
—¿Qué fue lo que viste? —preguntó el hombre, con su mirada remedando el temor en mis ojos.
—Vi un hombre, ¡terriblemente desfigurado y extremadamente enfermo! —le grité, mientras los demás pueblerinos se hicieron hacia atrás—. ¿Por qué? ¿Qué es lo que significa? —clamé.
—Los espíritus sólo muestran una cosa… —me explicó el hombre—, muestran a sus visitantes dentro de un año en el futuro.
En el espejo
Por lo general duermo profundamente, pero esa noche la tormenta que se estaba desatando afuera no me permitía conciliar el sueño. Cuando empezaba a dormitar, otro trueno me levantaba. Este ciclo se repitió la mayor parte de la noche, por lo que permanecí despierto y atento, viendo al cuarto iluminarse antes de que fuera invadido por las sombras de nuevo. Mis ojos se movían de un objeto a otro, hasta que llegué al espejo adyacente a la cama.
De pronto hubo un destello de luz, y el espejo se iluminó. Por menos de un segundo, el espejo mostró docenas de rostros, siluetas dentro de su marco, bocas abiertas y ojos ennegrecidos. Ellos miraban directamente hacia mí, con sus pupilas negras fijas sobre mi rostro. Y luego había pasado. ¿Estaba seguro de lo que vi? Intranquilo, no logré dormir por el resto de la noche.
A la mañana siguiente quité el espejo de la pared y lo tiré a la basura. No me importaba si la visión que había tenido fue real o no, quería deshacerme de ese espejo. De hecho, quité cada espejo de la casa.
Pasaron varias semanas y el suceso de aquella noche se había desvanecido de mi mente. Estaba pasando la tarde en la casa de un amigo y tenía que usar el baño. Mientras estaba ahí, el grifo se abrió sin que lo tocase y el agua comenzó a correr. Desconcertado, no hice nada en ese momento, más que tratar de razonar la paranoia. El agua comenzó a echar vapor y una capa de humedad cubrió el espejo. Miraba atentamente mientras las palabras se formaban: «Por favor, vuelve a poner los espejos. Extrañamos verte dormir».
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